Mirar y ver

Con mucha fe, con la alegría de la curiosidad y el asombro, un grupo de adolescentes abordamos el ómnibus que cubría la ruta desde La Salud, nuestro pueblo natal, hasta el vecino Güira de Melena, un municipio agrícola y poderoso que ofrecía los mejores plátanos y las mejores papas al resto de la provincia de La Habana. Pero ese tema agro productivo no es lo que hoy nos ocupa. En esa ocasión la solemnidad tendría una connotación religiosa.

 Fuimos invitados por el párroco que alternaba sus buenos oficios entre la comunidad católica guireña y la nuestra, de Santo Cristo de La Salud, a un retiro para adolescentes. Era el último sábado de cuaresma y con el Domingo de Ramos comenzaría la Semana Santa.

Los de la iglesia parroquial San José habían preparado una serie de dramatizados sobre la historia de la pasión de Cristo; desde la entrada en Jerusalén, la Ultima Cena y el Vía Crucis hasta la Resurrección Gloriosa de nuestro señor, eje fundamental de toda fe cristiana. Eran  pequeños performances que ilustraban los acontecimientos. Al final de la jornada sostendríamos un encuentro personal, cara a cara, con el propio Cristo. No es preciso decir que la idea era inquietante. Íbamos confiados, claro está, pero repletos de incertidumbre.

Teodosio Domínguez Duque, un hombre de Dios que años después sería consagrado en la catedral de La Habana como diácono permanente de la iglesia en Cuba (uno de los primeros cuatro consagrados con esa investidura eclesial en nuestro país) comandaba la comitiva saludeña.

 He aquí, quizás, el primer motivo para dar gracias a Dios: -poder contar en nuestro pequeño poblado con un hombre como ese.

El templo anfitrión bellamente engalanado con todos sus atributos nos acogió majestuosamente y el trabajo de los catequistas resultó de muy buen gusto. Una recreación adecuada de la historia evangélica con los mensajes de sacrificio y milagro presentes en la pasión y resurrección de Cristo. Sencillamente inolvidable.

Al final llegó el encuentro personal.

Desembocamos todos los visitantes a los predios de una pequeña salita cerrada donde se suponía que nos encontraríamos con Jesús. Así pasó el primero acompañado por nuestro guía y sucesivamente fuimos pasando uno tras otro. Ninguno de los que nos precedió regresó a nuestro lugar de espera de modo que nunca pudimos ver en sus ojos o en sus gestos atisbo alguno de lo que sería nuestro encuentro.

Recuerdo la voz pausada, grave, paternal de Teodosio cuando me dijo, ven Luis Carlos. Me tomó por el antebrazo, abrió la puerta  y pronto nos vimos en un espacio reducido frente a una tela negra desplegada en la pared. Me preguntó ecuánime como siempre: -¿Te sientes dispuesto para tu encuentro personal con Cristo?

-Sí, señor.

Teodosio dio un paso hacia la tela negra y la corrió con destreza. Detrás había un gran espejo y en el centro estaba yo, mirándome de frente y cara a cara.

Resulta indescriptible la explosión de emociones y sentimientos que afloraron en mí. Una esperanza o alegría o fuerza interior que aún no puedo describir cabalmente le dieron una perspectiva inusual a mi fe.

Cristo Jesús, hijo del Dios creador de todo lo existente visto por y desde nuestros propios ojos, con nuestros propios gestos. El hijo de Dios padre invitándonos a conversar con Él como si conversáramos con nosotros mismos. Él Salvador, que no reparó en las manchas que llevábamos a flor de piel y se nos reveló amoroso desde nuestra misma sonrisa.

Presente allí desde el asombro de un joven, de una jovencita, de un rubio, de un mestizo, de uno menos alto: así, diversos, como somos sus hijos todos redimidos para siempre en la cruz de su martirio.

Gracias Dios mío y gracias Tedosio.

Luego Teo me condujo a través de una puerta disimulada en el recinto hasta un patiecito donde los hermanos guireños nos esperaban para abrazarnos y felicitarnos y ofrecernos dulces y refrescos que casi no podíamos comer a causa de la emoción reciente.

Gracias Teodosio, gracias, fue un privilegio sostener de tu mano aquel encuentro personal y tan singular con Cristo Jesús. ¡De tu mano, Teodosio!

Hoy puedo decir que ese día se creció sobremanera mi conocimiento de Dios a través de la humanidad de su Cristo y que conocí también el verdadero rostro de un santo en los ojos y los gestos de aquel hombre humilde que me acompañaba. Doble privilegio.

Luis Carlos Coto Mederos

Víbora Park, septiembre 2025

Bienvenida

Lucía Gabriela, así tu nombre, bendecido por una Santa y un Arcángel.

Traes las luces primeras al Sagrado Corazón de una familia nueva; -y la esperanza que vence porque es fuerza de Dios.

La Santa que Ilumina y  el Arcángel de la Anunciación unidos en un nombre precioso de niña para una niña preciosa: -anuncio siempre milagroso del brote de la vida, heraldo victorioso de la natividad que nos sorprende.

Tan esperada por todos, tan deseada, eres muy bienvenida.

Contigo, la brisa noble del malecón habanero hace cabriolas en los predios de  la regia majestad del Cerro de la Silla; -y nos conmueve… Danza inequívoca del amor que funda, del amor que crea, del amor que concibe.

¡Bendito Dios!

Arcoíris

-¿Qué es esa bandera, abuelo,
que adorna el atardecer?
-Es el arcoíris, Thiago,
que sale a lucir sus galas
cuando acaba de llover.
De un salto llega hasta el cielo
para enseguida volver.
-Yo quiero lucir mis galas
también al atardecer.
Como el arco de colores
del cielo quisiera ser.
Llevar aromas de frutas
y esparcirlas por doquier
para los niños del mundo
que pintan de rosicler
las auroras de sus vidas.
Ayúdame, abuelo, a ser.
Claro que sí, niño mío.
Intentarlo es un placer.

Salutación a la Noche Buena en la Casa de Don Dagoberto Moreno y familia

Si el Señor no construye la casa,
en vano se cansan los albañiles; …
Salmo 126

Ahora que saben cuánto admiro este país hermoso quiero decirles que no me he apartado ni un milímetro de esa Isla caribeña, noble y también hermosa que todos conocemos por Cuba.

Cuba es un país de poetas, serlo allí es una tarea muy ardua. Por eso quizás debemos admirar más a quienes han tocado esas cimas tejiendo sueños con los finísimos hilos que nos legó Cervantes.

Para mi gusto, ese honor tiene nombre: Dulce María Loynaz.

Como esta noche es Noche Buena y como quiera que sea, me ha sorprendido lejos de mi casa, no he podido evitar el insistente martilleo de ciertos versos de tan prestigiosa escritora:

Y es que el hombre, aunque no lo sepa,
unido está a su casa poco menos
que el molusco a su concha.
No se quiebra esta unión sin que algo muera
en la casa, en el hombre... O en los dos.

El que nació sin casa ha hecho que nosotras,
las buenas casas de la tierra,
tengamos nuestra noche de gloria en esa noche;
la noche suya es, pues, la noche nuestra:

La voz poética es la voz de una vieja casona que se lamenta de la ausencia de algunos de sus miembros. Desde los meses precedentes venía anunciando con cierta expectativa:

Pero por mucho que demoren,
para diciembre al fin regresarán,
porque la Nochebuena se pasa siempre en casa.

Diáspora de ilusiones maltrechas… pudiera concluirse entonces.

No. Claro que no, no sería justo ponerle ese broche final a mi visita porque cuando, -como en esta noche, amén de otras,- una casa ajena te abre generosamente sus puertas y la familia pone con entusiasmo un plato más en su mesa, -y te hace un lugar en el centro mismo de su sagrado corazón-, es porque estamos asistiendo a la víspera de una doble navidad: la Navidad del Niño Jesús que cada año deseamos sentir en nuestra vida, y la navidad de la amistad, el respeto y el amor entre personas, -que me brindan y les brindo…

No fue casual que pusiera exactamente al inicio esos verso del Salmo 126.

Si el Señor no construye la casa,
en vano se cansan los albañiles; ...

Es que los percibí desde que por vez primera traspasé este umbral. Sentí las buenas vibras del Señor.

Puedo decir, sin temor a equivocarme, que me creo como en familia y en casa, como es menester para poder celebrar con júbilo la Noche Buena. La verdadera Noche de Paz.

Muchas gracias, familia.

¡Que viva el Niño Dios y que nos bendiga a todos!

Luis Carlos Coto Mederos
Monterrey, 24 de diciembre del 2019.

     

Jaquetón

Los mejores recuerdos son los que nacen del agradecimiento: -Jaquetón fue uno de ellos.

Surgió como un encargo de Roberto Lam cuando, gracias a su talento y dedicación, el Ajedrez tuvo su mejor momento en nuestro pueblo.

Como escuderos de un invencible Quijote, mi primo Jesús (Chuíto) y yo, fuimos nombrados por Roberto como miembros de la Comisión Provincial de Ajedrez Postal y Activistas también del Ajedrez Vivo en La Salud. ¡Qué rimbombante!

Éramos un par de muchachos con muchos sueños.

Una vez terminados los preparativos de un torneo de primera categoría y en la víspera de su inauguración Roberto puso en mis manos medio millar de hojas blancas y una pequeña imprenta de manos:- preciosa caja de madera repleta de gomigrafos con todas las letras, los números y algunos símbolos muy útiles.

-A partir de mañana,  – me dijo-  vas a escribir un reportaje de lo sucedido en cada ronda; lo mecanografías con cuidado en estas hojas membreteadas  y al día siguiente lo publicamos en el mural de la Academia. Puedes firmarlo con tu nombre o con un seudónimo pero, lo importante es que todos sepan que también tenemos periodista.

No lo dudé. Es más, no sé por qué, lo consideré adecuado.

El índice del primer periodiquito contenía la introducción al torneo, una semblanza sobre uno de los participantes, la transcripción de la mejor partida ejecutada durante la noche, la tabla de posiciones y una anécdota jocosa.

Cuatro horas antes de comenzar la segunda ronda, se exhibían muy orondos en el salón de la Academia el boletín y su flamante escritor.

Reynaldo Rodríguez Cordero, maestro insigne de los saludeños, participaba en el torneo y era además mi maestro de Educación Física en la escuela.

Lo vi emocionado frente al mural leyendo con mucha pausa todo el reportaje. Al finalizar me felicitó con entusiasmo, me halagó delante de los curiosos que ya merodeaban por el salón, hizo hincapié en lo picante de la anécdota y me llevó aparte…

-Mira lo que tengo que decirte. Encontré dos o tres faltas de ortografía que deslucen tu esfuerzo. Eso no tiene que pasar. No es una crítica, es una alerta, y desde ahora me ofrezco para revisar lo que escribas antes de colgarlo ahí.

– Muchas gracias maestro. Así será.

En la casa comenté el descalabro con mi único hermano, que siempre ha sido maestro y guía en todo, y como era de esperar también  me ofreció sus servicios y me regaló además un prontuario ortográfico que me sirvió de mucho.

A estos tres maestros en mi vida, a Roberto, a Reynaldo y a mi hermano Pedro José, les agradezco de corazón su buena vibra.

Luis Carlos Coto Mederos

Víbora Park, abril del 2023

Crónicas surrealistas

Los jueces legos son, generalmente, personas de bien y de reconocido prestigio en su comunidad que, por no poseer conocimientos  profesionales sobre leyes, reciben una  capacitación básica y debida autorización para colaborar en la impartición de justicia.

Durante los años 70 y quizás principios de los 80 del pasado siglo se hizo norma en Cuba que muchos asuntos menores se dirimieran en esas instancias locales, a menudo improvisadas, sin necesidad de ir a las cortes.

Yo era un jovenzuelo que comenzaba a transitar la enseñanza media superior y la curiosidad propia de los adolescentes me llevó a presenciar aquellos actos de verdadera justicia quijotesca.

——

En uno de ellos, una vetusta señora, muy apreciada por todos, era acusada de un presunto fraude en la libreta del consumidor.

 Es preciso aclarar que en aquella época existían dos libretas establecidas por La Oficina del Registro de Consumidores (OFICODA) para el control de las ventas: la de la bodega y la de la tienda; diferenciándose ambas por los tipos de productos que podían comprarse con ellas. La comida con la de la bodega, activa aún; y la ropa de todo tipo y zapatos y juguetes, con la de la tienda, ya en desuso.

Pues el caso versaba sobre la posible alteración en el documento oficial de la tienda que señalaba como comprada la prenda de lencería correspondiente a ese año: un juego de blúmer.

 El amparado juez preguntó a la señora, con evidente pesar, si era cierto que había adulterado la anotación hecha por la tendera con el propósito de poder comprar otro juego de blúmer y la respuesta fue contundente:

-Claro que no, ¿a quién se le ocurre? Mire, para que sepa, a esta edad y desde hace mucho tiempo yo no me pongo blúmer.

Aquello dicho tan abiertamente y en público causó una inmensa explosión de risas en los asistentes.

-Absuelta, absuelta, dijo el jefe del tribunal, para cortar la trama del ridículo.

——-

Otra noche,- siempre se celebraban estos juicios a las 8:30 de la noche-, se dilucidaban las circunstancias en las que un pelotero, también persona muy querida, había agredido a un fanático al finalizar un partido de la liga municipal. El tema del desacuerdo era la pelota pero, el agredido juraba no haber ofendido personalmente al agresor, razón por la cual éste comenzó a narrar los hechos, las frases dichas y en el fervor de los intercambios aparecieron, ahora frente al auditórium, las mismas ofensas que dieron lugar a la golpiza.

 ¡Qué les cuento! …Todo devino en una nueva piñacera, ahora delante de los estupefactos jueces.

Algunos auxiliares de la policía que custodiaban el lugar intervinieron para restablecer el orden y el juicio fue reprogramado para otra fecha.

No estoy seguro, pero creo que nunca llegó a celebrarse.

——

La tercera noche, y con ésta termino pues no quiero emular con la novela de las novelas,- el anónimo árabe “Las Mil y Una Noches”, fue convocada para atender cierto robo.

Resulta que un vecino acusaba a otro de haberle robado un caballo negro que tenía en el patio de su casa. Bien, así decía el acta levantada en la unidad de policía donde se hizo la denuncia. Así se leyó por el secretario del jurado.

El acusado se defendió diciendo que no había robado nada, que dicho caballo era suyo y se lo había cedido al denunciante varios meses atrás.

-Vamos a ver, dijo el juez, determinemos primero quién es el legítimo dueño del caballo:

¿A nombre de quién está el caballo?

-De ninguno, señor juez. Ese caballo es mío hace mil años y yo se le cedí a él porque me dijo que le hacía falta, pero él nunca lo utilizó para nada.

El público rumoraba.

-Orden, orden… ¿A nombre de quien está la propiedad del caballo en el CENCOP? (Centro Nacional de Control Pecuario).

– De nadie, señor, dijo el otro. Es cierto que él me cedió el caballo como dice, por tanto es mío, y pienso utilizarlo un día, pero entró a mi patio y se lo llevó, sin decirme nada.

-Orden. Repitió el juez al público que se divertía de lo lindo… Alguien tuvo que registrarlo en el CENCOP. ¿A nombre de quién está?

– Yo no sé qué es el CENCOP. Yo sólo sé que él no le dio uso al caballo y yo lo necesité con urgencia. Fui a su casa, no había nadie y como es costumbre de vecinos entré hasta el patio, lo descolgué de la pared y me lo llevé con la intención de decírselo después.

-¿Cómo? ¿Dónde estaba el caballo? Dijo asombrado el juez.

Colgado en la pared del patio, respondieron al unísono ambos contendientes.

El juez, preclaro y jocoso preguntó entonces:

-¿Sería Niágara, Universal o Goriche el tan llevado y traído “caballo”?

– Universal, señor, volvieron los dos a un tiempo.

El juicio fue suspendido entonces por errores en la redacción del alta donde no se especificó que se trataba de una pieza o parte de una bicicleta.

Luis Carlos Coto Mederos

Víbora Park, 01 de abril del 2023

El más Orate

¡Le ganó, le ganó! ¡Qué clase ‘e gallo ‘e pelea! Así gritando subió al escenario del Círculo Familiar de nuestro pueblo y me levantó por encima de su cabeza con sus poderosos brazos. ¡Le ganó, le ganó! Repetía, mientras me trasladaba hacia la puerta de salida seguido por varios fanáticos de las controversias guajiras.

Esa noche apenas habíamos cantado tres décimas mi contrincante y yo (dos adolecentes de unos doce años cada uno) cuando el auditórium se exaltó al escucharme decir, en versos claro está, que nunca había cantado con décimas aprendidas, en clara alusión al desliz de mi contrario que acababa de repetir unos versos improvisados la semana precedente en Bejucal. Juan, entendió entonces que no había nada más que oír y dio por terminada de esa forma la contienda. Era así de intenso.

En otra ocasión presencié una caída accidental que sufrió en su bicicleta y corrí raudo a auxiliarlo. Bastó eso para que estuviera días y días diciendo en todas partes que yo era ejemplar. ¡Qué bravo es, carajo! Decía.

Juan de Dios fue un gran hombre, sobre todo una persona buena y decente, pero Juan de Dios fue también un personaje muy peculiar a quien había que saber tratar para merecer su amistad, fidelísima siempre. Era, creo yo, muy aprensivo.

Presumía, con toda razón,  de su gran fortaleza física, aunque nunca fue prepotente ni abusador. Era amable con quien le mostraba respeto y consideración.

Pero –y siempre hay un pero-  en su centro de trabajo, que era el mismo de mi padre y de algunos tíos maternos, ciertos elementos gustaban buscarle las cosquillas al Charles Atlas criollo.

Uno de sus colegas se percató, no sé cómo, de que Juan desconocía el significado de la palabra orate y arremetió con toda su artillería: esperó un momento bien concurrido y, la presencia de Juan, para deslizar un comentario sobre mi tío Julio, que no sabía nada del asunto, pero que también era un hombre muy fuerte físicamente.

-Este Julio si está “orate” de verdad, dijo, mientras se tocaba los bíceps, los tríceps y se daba golpecitos en el pecho.

El pobre Juan tragó en seco, bajó la cabeza y abandonó la tertulia.

Al otro día ya todos repetían el chiste: Julio sí está “orate” de verdad, señalando siempre hacia los brazos y el tórax.

A punto de que el comentario se convirtiera en consenso y a la hora en que todos  almorzaban, irrumpió Juan de Dios en el centro del comedor obrero:

-¡¡¡Aquí no hay nadie más orate que yo, carajo!!! Puedo demostrárselo a quien sea.

Trabajo costó desinflar los zumos del herido y presunto atleta. Los mismos sátiros le juraron mil veces que él, Juan, era el más orate de la comarca, que nadie había querido decir lo contrario, sino, que todos también reconocían en Julio ciertas virtudes.

Bien puestos los puntos sobre las íes vino la calma y con ella la reconciliación con mi tío, que  a esas alturas continuaba ajeno a lo que estaba pasando.

Nunca logré saber cómo Juan se enteró de que Orate quería decir loco. Solo sé que  entonces sí se armó la gorda.

Luis Carlos Coto Mederos

Víbora Park, enero 2023

Ayer, Hoy y Mañana.

A Thiago, mi pequeño nieto.

Ayer, Hoy y Mañana salieron a caminar muy temprano para disfrutar del bosque. Ayer iba cargado de recuerdos, Hoy, demasiado centrada en lo que acontecía y Mañana tenía los ojos llenos de sueños. El viejo Ayer era padre de la hermosa Hoy, quien a su vez era madre del pequeño Mañana.

Pareciera algo trivial: un paseo campestre y familiar de domingo.

Sucedió que cada cual iba tan inmerso en su personaje que sólo podía ver el mundo muy sesgadamente, según su propia medida, y como era tan diferente de uno a otro, no podían compartirlo.

Ayer miraba sólo hacia atrás, Hoy, hacia el camino y Mañana ponía sus ojos sobre la misma línea del horizonte.

Así, desentendidos, no tardaron en extraviarse. Pronto se vieron solos, confundidos, desesperados.

Ayer, después de dar vueltas y vueltas buscando a sus vástagos, se dejó caer, lloroso, a los pies de una ceiba del camino; Hoy, a punto de enloquecer gritaba a los cuatro puntos cardinales su desesperanza; y Mañana continuaba caminado, raudo, sin percatarse, aún, de su desamparo.

Pasaron las horas amargas hasta que su desventura se hizo sed y cada uno, a su modo, recordó el remanso: el único lugar fresco donde el río descansaba cristalino.

Enrumbaron sus pasos hacia el agua por la necesidad impostergable y, ¡zaz!, allí se encontraron nuevamente. Cuánta alegría, qué alborozo.

Cada quien narró su experiencia a los otros y al término fue Hoy quien dijo:

-Volveremos al camino, pero ahora tomados de las manos. Hemos aprendido que el bosque todo, alienta solamente en los tres, sin menoscabo.

Luis Carlos Coto Mederos

Vibora Park, diciembre de 1922

El chino Lam

Para cualquier saludeño el chino Lam bien puede ser Pepe, Roberto, Germán, Orlando o Felo. Creo que hay dos más que nunca conocí porque viven fuera de Cuba desde que tengo uso de razón. De hecho todos son chinos y de apellido Lam; y claro está, hermanos.

Lo curioso es que en La Salud nadie se confunde. Si alguien te dice que se encontró en el parque con el chino Lam tú sabes exactamente de quién se trata, o si te piden el favor de entregar ésto o aquéllo al chino Lam, no habrá problemas, llegará a su justo destino.

Es que cada uno de ellos tiene un perfil muy definido. Dentro de la misma casa donde vivían todos, en una esquina, Roberto, que es Maestro Nacional, tenía su mesa de ajedrez, elegante y bien asistida por todos los fanáticos del pueblo. En otro aparte, el equipo de practicar pesas y los arreos de electricista, era el sitio de Germán y sus acólitos. Mas allá, en un buró lleno de libros y un radio receptor siempre encendido estaba Felo disertando sobre la música cubana al corro de melómanos; y en otro buró lleno de pinceles, bocetos, pinturas y libros especializados, el lugar de Orlando, pintor y maestro de generaciones.

Desde su eterno sillón en la ventana, amablemente saludando, Rosarito, la bendecida madre. Y, con todo el ajetreo de la casa encima, la única hermana, Neyda: la china.

De modo que era fácil saber, según quien te hablaba, de quién te estaban hablando. Así es hasta hoy a pesar de las ausencias.

Quiero anotar que Felo es un reconocidísimo Musicólogo con una obra obra publicada trascendente para la cultura cubana y que Orlando es profesor de la Cátedra de Grabado de San Alejandro, la mundialmente prestigioso escuela de Artes Plásticas.

Todos son mis amigos, pero fue a Roberto a quien conocí primero y con quien colaboré desde la adolescencia. A esa casa natal iba todos los domingos por la mañana con la intención de aprender a jugar ajedrez. Supe de la Siempre viva, de La Inmortal, de Capablanca y sus finales, de Fischer y la Siciliana y de la poderosa Escuela Soviética del juego ciencia. Con Roberto participé en torneos municipales, en simultaneas y en la organización de muchos eventos. Organizábamos campeonatos de ajedrez vivo y de ajedrez postal.

Cuando organizamos el más sonado de los campeonatos de Primera Categoría, Lam (Roberto, para los que no son de La Salud) me hizo juez de salón y ayudante en la confección de los pareos por el Sistema Suizo. Además me pidió que escribiera un pequeño boletín diario con las historias, anécdotas y resultados de la jornada precedente. Puso en mis manos una pequeña imprenta de gomigrafos y bautizamos nuestro boletín: Jaquetón.

Durante los días que duró el certamen, Jaqueton se publicó en el mural de la Academia local. Yo tendría unos 14 años y me enfrentaba empíricamente al imperativo de narrar. A instancias de él comencé a escribir y aún no he terminado.

Justo es agradecerle a Roberto su activismo y a sus hermanos toda la gloria que dispensan a nuestro pueblo.

  • Luis Carlos Coto Mederos
  • Vibora Park, noviembre 2022

Una peña de amor para Miguel Ángel

   -Miguel Ángel, quiero té…

El poeta quedó un instante fijo, como pensando, puso la botella de Ararat, su coñac preferido, sobre la mesa y le alcanzó un vaso de té Lipton negro a la joven que asistía entusiasta a las celebraciones.

Miguel Ángel cumplía nada menos que 66 años de edad y era la primera vez que celebraba uno de sus cumpleaños. A tal fin había reunido en el amplio portal de esquina de fraile de su casa, amigos, familiares, poetas, pintores, trovadores del pueblo y de las zonas aledañas.

A Migue, todos le reconocíamos una gracia poética muy natural e ingeniosa. Es cierto que su instrucción había quedado trunca en algún momento, pero su educación era exquisita. Fue un campesino próspero y un representante genuino del criollismo cubano.

Entre canciones y poemas compartíamos cervezas, rones, vinos, dulces, refrescos, entremés de jamón y queso, tamales, bocaditos, mucha fraternidad cómplice y el té de la historia.

   -Miguel Ángel, quiero té… Repitió insistente la joven por segunda   vez.

Delicadamente nuestro homenajeado volvió a hacer el servicio y para todos fue evidente que algo atravesaba su ágil pensamiento.

Nos dedicó maravillas y nos agradeció a todos, -como si no fuéramos nosotros los agradecidos-, aquella jornada gozosa que estaba viviendo. Todo le parecía poco para brindar y disfrutaba al máximo cada canción, cada poema, cada regalo y cada abrazo de sus amigos allí presentes.

No obstante, algo gravitaba un poco más allá de la tertulia. Aquel sagaz correcaminos pudo percibir segundas intenciones en el inocente té de la velada.

Como el experto cazador que también era, aguzó sus sentidos y al tiempo en que la tímida paloma movió las alas para requerir nuevamente al amable anfitrión…

   -Miguel Ángel, quiero té…

improvisó preciso su décima a quemarropas:

                          Desde que aprendí a quererte

                          me tienes hablando en chino.

                          Mi vida tomó un camino,

                          camino de vida y muerte.

                          Mi suerte será tu suerte

                          hasta el aliento postrero.

                          Y si tu amor verdadero

                          demanda del mío fe,

                          no me digas: -quiero té,

                          mejor me dices te quiero.

Este febrero, Migue, hubiera cumplido 104 años. -Hay hombres que merecen vivir eternamente.

Luis Carlos Coto Mederos

febrero del 2022, Víbora Park

Nota del periódico Trabajadores sobre el homenaje