Crónicas surrealistas

Los jueces legos son, generalmente, personas de bien y de reconocido prestigio en su comunidad que, por no poseer conocimientos  profesionales sobre leyes, reciben una  capacitación básica y debida autorización para colaborar en la impartición de justicia.

Durante los años 70 y quizás principios de los 80 del pasado siglo se hizo norma en Cuba que muchos asuntos menores se dirimieran en esas instancias locales, a menudo improvisadas, sin necesidad de ir a las cortes.

Yo era un jovenzuelo que comenzaba a transitar la enseñanza media superior y la curiosidad propia de los adolescentes me llevó a presenciar aquellos actos de verdadera justicia quijotesca.

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En uno de ellos, una vetusta señora, muy apreciada por todos, era acusada de un presunto fraude en la libreta del consumidor.

 Es preciso aclarar que en aquella época existían dos libretas establecidas por La Oficina del Registro de Consumidores (OFICODA) para el control de las ventas: la de la bodega y la de la tienda; diferenciándose ambas por los tipos de productos que podían comprarse con ellas. La comida con la de la bodega, activa aún; y la ropa de todo tipo y zapatos y juguetes, con la de la tienda, ya en desuso.

Pues el caso versaba sobre la posible alteración en el documento oficial de la tienda que señalaba como comprada la prenda de lencería correspondiente a ese año: un juego de blúmer.

 El amparado juez preguntó a la señora, con evidente pesar, si era cierto que había adulterado la anotación hecha por la tendera con el propósito de poder comprar otro juego de blúmer y la respuesta fue contundente:

-Claro que no, ¿a quién se le ocurre? Mire, para que sepa, a esta edad y desde hace mucho tiempo yo no me pongo blúmer.

Aquello dicho tan abiertamente y en público causó una inmensa explosión de risas en los asistentes.

-Absuelta, absuelta, dijo el jefe del tribunal, para cortar la trama del ridículo.

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Otra noche,- siempre se celebraban estos juicios a las 8:30 de la noche-, se dilucidaban las circunstancias en las que un pelotero, también persona muy querida, había agredido a un fanático al finalizar un partido de la liga municipal. El tema del desacuerdo era la pelota pero, el agredido juraba no haber ofendido personalmente al agresor, razón por la cual éste comenzó a narrar los hechos, las frases dichas y en el fervor de los intercambios aparecieron, ahora frente al auditórium, las mismas ofensas que dieron lugar a la golpiza.

 ¡Qué les cuento! …Todo devino en una nueva piñacera, ahora delante de los estupefactos jueces.

Algunos auxiliares de la policía que custodiaban el lugar intervinieron para restablecer el orden y el juicio fue reprogramado para otra fecha.

No estoy seguro, pero creo que nunca llegó a celebrarse.

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La tercera noche, y con ésta termino pues no quiero emular con la novela de las novelas,- el anónimo árabe “Las Mil y Una Noches”, fue convocada para atender cierto robo.

Resulta que un vecino acusaba a otro de haberle robado un caballo negro que tenía en el patio de su casa. Bien, así decía el acta levantada en la unidad de policía donde se hizo la denuncia. Así se leyó por el secretario del jurado.

El acusado se defendió diciendo que no había robado nada, que dicho caballo era suyo y se lo había cedido al denunciante varios meses atrás.

-Vamos a ver, dijo el juez, determinemos primero quién es el legítimo dueño del caballo:

¿A nombre de quién está el caballo?

-De ninguno, señor juez. Ese caballo es mío hace mil años y yo se le cedí a él porque me dijo que le hacía falta, pero él nunca lo utilizó para nada.

El público rumoraba.

-Orden, orden… ¿A nombre de quien está la propiedad del caballo en el CENCOP? (Centro Nacional de Control Pecuario).

– De nadie, señor, dijo el otro. Es cierto que él me cedió el caballo como dice, por tanto es mío, y pienso utilizarlo un día, pero entró a mi patio y se lo llevó, sin decirme nada.

-Orden. Repitió el juez al público que se divertía de lo lindo… Alguien tuvo que registrarlo en el CENCOP. ¿A nombre de quién está?

– Yo no sé qué es el CENCOP. Yo sólo sé que él no le dio uso al caballo y yo lo necesité con urgencia. Fui a su casa, no había nadie y como es costumbre de vecinos entré hasta el patio, lo descolgué de la pared y me lo llevé con la intención de decírselo después.

-¿Cómo? ¿Dónde estaba el caballo? Dijo asombrado el juez.

Colgado en la pared del patio, respondieron al unísono ambos contendientes.

El juez, preclaro y jocoso preguntó entonces:

-¿Sería Niágara, Universal o Goriche el tan llevado y traído “caballo”?

– Universal, señor, volvieron los dos a un tiempo.

El juicio fue suspendido entonces por errores en la redacción del alta donde no se especificó que se trataba de una pieza o parte de una bicicleta.

Luis Carlos Coto Mederos

Víbora Park, 01 de abril del 2023

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