Un siglo de quimeras

Hasta hace pocos días México fue para mi familia una quimera. Todo comenzó hace algo más de un siglo. Corrían los años finales de la guerra de Independencia cubana contra la metrópolis española y  -como fruto deseado de la gran campaña invasora de los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo en octubre de 1895- se sentían en todo el occidente los rigores de múltiples batallas. Un antepasado mio, mi bisabuelo paterno, de nombre Ramón Coto vivía en las inmediaciones de la entonces provincia de La Habana con su ya numerosa familia, aunque aún no había visto la luz su último vástago, que fue el menor de aquella prole de once hijos: – mi abuelo Pascual Coto Maderos. -Es preciso puntualizar que su segundo apellido no tiene nada que ver con mi segundo apellido que es Mederos.

Ramón, ni corto ni perezoso, decidió emigrar con toda la prole nacida y su esposa embarazada hacia México, específicamente a la zona de Mérida en el hermoso Estado de Yucatán. Allí se estableció poniendo a salvo a su familia y allí nació mi abuelo Pascual el 17 de mayo de 1897. En Mérida fue inscrito y bautizado, según el testimonio de mis parientes, y desde entonces sus descendientes hemos gozado del honroso privilegio de tener un abuelo mexicano.

El regreso a Cuba se produjo seis años después, en el comienzo del siglo XX, cuando había terminado esa etapa de nuestra guerra de independencia con la intervención norteamericana y se había instaurado el 20 de mayo de 1902 lo que hemos dado en llamar la república mediatizada o seudo república.

De vuelta a sus predios habaneros la familia no se cansaba de contar historias de aquel periplo por tierras aztecas y comenzó a magnificarse la idea de un posible regreso a aquellos parajes dulces que le habían servido de refugio en un momento difícil. Así creció mi abuelo, escuchando anécdotas de las que había sido protagonista pero que no recordaba con toda claridad dado sus menguados años de edad. Así crecieron los hijos de mi abuelo Pascual, – mi padre Ramón Miguel Coto Hernández (Neno Coto) entre ellos, a quien sus coterráneos llamaban por derecho de heredad: mexicano – ; siendo depositarios de todo un acervo Yucateco que en ocasiones me parece roza con los límites de la más delirante fantasía. De cualquier modo, lo que si no tiene discusión es el infinito amor que toda esa generación familiar sentía por el país hermano y su deseo de regresar, pospuesto una y mil veces por mil razones.

Neno tuvo dos hijos, mi hermano Pedro José y yo. En mi casa se repetía la añoranza, se escuchaba los domingos musica mexicana y se veían todas las películas de Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejías, Agustín Lara y Maria Félix. Mi hermano y su esposa, la estelar cantante cubana Maria Elena Pena, sostienen vínculos culturales muy sólidos con la Ciudad de Mérida y especialmente con el periódico Por Esto que está cumpliendo 25 años de servicio a favor de las causas justas. Nos hemos enamorado de lo que, parodiando un bello programa tradicional de televisión, podemos también llamar Este México Nuestro.

Yo no me hubiera atrevido a escribir estas líneas sin el acontecimiento reciente que desbordó mis sentimientos. Uno de mis hijos, Alejandro Coto Gutiérrez, -cibernético de profesión-, acaba de llegar a la tierra del Anáhuac con visa de trabajo y residencia temporal. Puedo imaginar la emoción que sintió cuando, -conocedor  de todo-, hizo realidad el sueño de varias generaciones familiares que le precedieron. El lleva el compromiso de visitar Mérida, de arrodillarse  a los pies de la Virgen de Guadalupe en la Iglesia de San Cristóbal y elevar una oración de amor, fe y agradecimiento en su nombre y en el nombre de sus antecesores y sobre todo en el mio propio, porque soy su más ferviente devoto.

A más de cien años se cierra un ciclo de quimeras. Estoy contando la historia de un amor que dura más de un siglo. Amén.

La Habana, Cuba.
marzo del 2016

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