Mirar y ver

Con mucha fe, con la alegría de la curiosidad y el asombro, un grupo de adolescentes abordamos el ómnibus que cubría la ruta desde La Salud, nuestro pueblo natal, hasta el vecino Güira de Melena, un municipio agrícola y poderoso que ofrecía los mejores plátanos y las mejores papas al resto de la provincia de La Habana. Pero ese tema agro productivo no es lo que hoy nos ocupa. En esa ocasión la solemnidad tendría una connotación religiosa.

 Fuimos invitados por el párroco que alternaba sus buenos oficios entre la comunidad católica guireña y la nuestra, de Santo Cristo de La Salud, a un retiro para adolescentes. Era el último sábado de cuaresma y con el Domingo de Ramos comenzaría la Semana Santa.

Los de la iglesia parroquial San José habían preparado una serie de dramatizados sobre la historia de la pasión de Cristo; desde la entrada en Jerusalén, la Ultima Cena y el Vía Crucis hasta la Resurrección Gloriosa de nuestro señor, eje fundamental de toda fe cristiana. Eran  pequeños performances que ilustraban los acontecimientos. Al final de la jornada sostendríamos un encuentro personal, cara a cara, con el propio Cristo. No es preciso decir que la idea era inquietante. Íbamos confiados, claro está, pero repletos de incertidumbre.

Teodosio Domínguez Duque, un hombre de Dios que años después sería consagrado en la catedral de La Habana como diácono permanente de la iglesia en Cuba (uno de los primeros cuatro consagrados con esa investidura eclesial en nuestro país) comandaba la comitiva saludeña.

 He aquí, quizás, el primer motivo para dar gracias a Dios: -poder contar en nuestro pequeño poblado con un hombre como ese.

El templo anfitrión bellamente engalanado con todos sus atributos nos acogió majestuosamente y el trabajo de los catequistas resultó de muy buen gusto. Una recreación adecuada de la historia evangélica con los mensajes de sacrificio y milagro presentes en la pasión y resurrección de Cristo. Sencillamente inolvidable.

Al final llegó el encuentro personal.

Desembocamos todos los visitantes a los predios de una pequeña salita cerrada donde se suponía que nos encontraríamos con Jesús. Así pasó el primero acompañado por nuestro guía y sucesivamente fuimos pasando uno tras otro. Ninguno de los que nos precedió regresó a nuestro lugar de espera de modo que nunca pudimos ver en sus ojos o en sus gestos atisbo alguno de lo que sería nuestro encuentro.

Recuerdo la voz pausada, grave, paternal de Teodosio cuando me dijo, ven Luis Carlos. Me tomó por el antebrazo, abrió la puerta  y pronto nos vimos en un espacio reducido frente a una tela negra desplegada en la pared. Me preguntó ecuánime como siempre: -¿Te sientes dispuesto para tu encuentro personal con Cristo?

-Sí, señor.

Teodosio dio un paso hacia la tela negra y la corrió con destreza. Detrás había un gran espejo y en el centro estaba yo, mirándome de frente y cara a cara.

Resulta indescriptible la explosión de emociones y sentimientos que afloraron en mí. Una esperanza o alegría o fuerza interior que aún no puedo describir cabalmente le dieron una perspectiva inusual a mi fe.

Cristo Jesús, hijo del Dios creador de todo lo existente visto por y desde nuestros propios ojos, con nuestros propios gestos. El hijo de Dios padre invitándonos a conversar con Él como si conversáramos con nosotros mismos. Él Salvador, que no reparó en las manchas que llevábamos a flor de piel y se nos reveló amoroso desde nuestra misma sonrisa.

Presente allí desde el asombro de un joven, de una jovencita, de un rubio, de un mestizo, de uno menos alto: así, diversos, como somos sus hijos todos redimidos para siempre en la cruz de su martirio.

Gracias Dios mío y gracias Tedosio.

Luego Teo me condujo a través de una puerta disimulada en el recinto hasta un patiecito donde los hermanos guireños nos esperaban para abrazarnos y felicitarnos y ofrecernos dulces y refrescos que casi no podíamos comer a causa de la emoción reciente.

Gracias Teodosio, gracias, fue un privilegio sostener de tu mano aquel encuentro personal y tan singular con Cristo Jesús. ¡De tu mano, Teodosio!

Hoy puedo decir que ese día se creció sobremanera mi conocimiento de Dios a través de la humanidad de su Cristo y que conocí también el verdadero rostro de un santo en los ojos y los gestos de aquel hombre humilde que me acompañaba. Doble privilegio.

Luis Carlos Coto Mederos

Víbora Park, septiembre 2025

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *